Tres campanazos y las quince horas acosaron el cielo gris de Buenos Aires. Te esperé en todos los balcones, con una mandolina y un sombrerito, que aunque ridículo, era pintón y ofrecía un interesante condimento a la serenata. Pudiste aparecer y ser dueña de un sin número de versos de todos los colores: los blancos y radiantes, del sentimiento el día que nos conocimos; los rojos tratarían la pasión con la cual nuestro beso ardió en llamas; algunos verdes reflejarían ese silencio de años hasta el reencuentro; los amarillos serían el susto de no encontrarnos en esa esquina; y los negros quizás significarían la tragedia. Aunque a ser sinceros "si yo soy tu novela, vos sos mi tragicomedia". La serenata nunca escapó de las cuerdas de mi mandolina, que pocos minutos después decidió convertirse al lutheranismo.
Y sin embargo, sin sentido, con ansiedad, con una calma falsa a punto de llover sobre mi Buenos Aires de barquitos de papel, te invito a compartir este amor dadaísta, loca perfecta. No te bases en nuestras viejas estadísticas, que si tu ex novio o si mi demonio de traje azul. Subite conmigo, sumemos enemigos por las veredas de tu barrio o del mío. Solo te pido, amor dadaísta, que te quedes conmigo, aunque seamos nihilistas. Somos caóticos, por definición marxista, pero empiezo a creer que nos gusta extrañamos tanto como besarnos o acariciar nuestra piel contra el piso hidro laqueado.
Woody Allen lo expresó bien en Vicky Cristina Barcelona. Barden y Penélope Cruz conjuran un amor tóxico que siente, y afirma, que solo puede ser completo desde su imperfección, desde la falta de algo, desde la suma de algo externo que divida, aleje y a su vez atraiga.
No me gustan tus silencios, cundo se trata de estar a millas. Muerdo tu anzuelo con gusto, caigo en tu trampa con placer, recibo tu ácido con ansias. No me pidas algo que no puedo darte y que solo puede salir de vos. Me patearon de la pasarela y el cambio de postas me dejó viendo desde un lado del camino tu gracioso andar en los brazos del destino.
Culparte es algo tonto a esta altura. ¡Al contrario! No lo hago. Soy culpable de mis ojos ciegos pero perceptivos. Soy culpable del miedo eterno a decirte todo lo que sé y creés que ignoro. Culpable de mis silencios, y de cientos de palabras que tendrían que haber sido reemplazadas por un "Ok, amor... ojalá el viento de vuelva a mis orillas"
Perdón, morocha, sé que te aburro mucho con estas líneas que no van a ningún lado. Las escupo porque me pesan en la cabeza, que ya se me está quedando sin pelo. Ojalá pudiera comerme las palabras para paliar el hambre de las tuyas.
1 comentario:
Ah ah ah
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