Las pupilas en llamas. El ardor se divirtió quemando cada célula de sus nervios. Era una gran contradicción con lo nublado de su corazón, pero a esta altura de su historia cualquier similitud con la realidad era puro karma.
Agarró la campera y buscó en la mesita ratona los puchos y las llaves. Sabía a dónde tenía que ir, al menos durante esos primeros 30 segundos que le tomaba llegar desde la segunda vuelta de la llave en la cerradura hasta el ascensor. La ansiedad lo llevó a desenfundar el primer rubio en cuando llegaba al lobby. Para cuando abría la puerta del edificio ya tenía el encendedor listo para encender su vicio.
Dos cuadras le tomaron para volver a reaccionar. Tenía que doblar: desde ahí serían cuatro cuadras derecho y después agarrar la cortada para salir a la avenida. Era un trayecto lleno de laberintos, de esos que lo confundían al punto de olvidar nombres y fechas. Y así fue. Tres puchos más tarde se sentía completamente vacío y no recordaba a dónde tenía que ir.
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