Otra noche de suicidios...
Creo que en los últimos tres días sumo algo de 6 horas de sueño. La temperatura 38° parece ser la ideal para el termómetro cada vez que le pregunto cuál es el motivo de mi cabeza rebotando por las paredes.
El frío, a su vez, decora de manera particular la velada. En vez de quedarme en la cama, escuchando el último de Piaf o Sinatra me voy a buscar la dirección exacta de mis infiernos por Almagro o Caballito. Hay un bar en el medio, justo donde muere Medrano, donde alguna vez me dijiste que debajo de una de las mesas del primer piso dejaste escrita en rumano la ruta de acordes descendentes hasta el primer círculo del infierno.
Desde ahí el camino sería más sencillo. Simplemente descender, y eso se hace muy sencillo una vez que entrás en el loop. El secreto es reconocer los ciclos. Cuándo empieza, cuándo llega a la mitad, cuándo termina. Reconocer las cadencias entre cada paso, dónde se acelera, cuál es el motivo por el cual existe vacilación en el tercer movimiento pero en el cuarto se recupera la falsa calma.
Ya lo ves, me desintegré un poco, pero la esencia es el perfume que me tiene maravillosamente atado a tu pasado. Perfume que no me pude sacarme de las manos hace tantos años, que me despierta en el medio de la noche y no me da explicaciones cómo desde la soledad de mi cama de clavos puede materializarse en humo rojo y por mis fosas nasales desconfigurar mi cerebro.
Pero tranquila. Siempre trabajé con el sistema operativo quemado. Es como esas noches en las que entré con una sonrisa y haciendo comentarios tan idiotas sobre los muebles del lugar, mientras agito los brazos y cambio el tono de voz para darle más ánimo de simpatía a las palabras. No sé si funciona o es solo la corteza crujiente que mi miedo genera para no atosigarte con mis demonios. Aunque vistan elegantes, son demonios, seres del más asqueroso de los lugares posibles. Y no quiero que te usen de chivo expiatorio.
Escritas estas palabras, que perdieron norte cuando se dignaron a aparecer, solo intento retomar el camino hacia tus silencios. Soy presente, y seguramente tengo un futuro aunque el día de hoy sea gris, pero por sobre todas las cosas llevo un pretérito en mi espalda, cicatriz de pasiones y palabras erradas. No lo cargo con vergüenza, sino con alegría.... aunque esa alegría me de ganas de llorar.
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