Un amor que quedó en coma se perdió en algún recoveco oscuro del cuarto de rubíes que compartíamos en ese hotelito de la pradera búlgara. No eramos ricos, pero sabíamos arreglárnosla con pocas monedas para pasar un buen rato. Como aquella semana que nos la pasamos entre Canadá y Bulgaria, comiendo gracias a lo poco que ganábamos cantando esas canciones rotas. Fue muy gracioso cuando en Lucía te pusiste a cantar el viejo clásico de Sabina y lo terminamos con un cántico muy burgués. Nadie entendía nada, aunque claramente podíamos divisar aquellas caras llenas de risas que entendían un poco de español.
Cada vez que visitó el hotel le pregunto al conserje por vos. Siempre sucede lo mismo, tu te has ido hace unos días y yo llegaba para ocupar esa misma habitación. Me ha dicho que más de una vez fuiste acompañada por un hombre de rasgos nobles pero que no te ve con la sonrisa que solía dibujar tu cara. Es un hecho que esto se lo pregunto las mañanas que despierto antes que ella, que me acompaña, aunque no canta, por algunos caminos que quedaron sin recorrer.
Te dejé en la caja fuerte una carta. La combinación decidí cambiarla, pero seguro la descubras: El día del primer beso, el día del primer último encuentro, el día del recital que no compartimos y por último la fecha del último vestido de flores que despojé de tu piel.
Por lo pronto, es probable que me vaya para Armenia. Me comentaron que siguen haciendo esos panes deliciosos traídos de las sierras cordobesas.
Cuidado con los conejos que se esconden en la oscuridad.
Un beso,
Y.
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