Bajo las luces de colores ella lo mira. Dibuja con sus ojos la silueta desde su nariz hasta la mitad de su pecho mientras yacen en la cama de dos plazas. En la mitad del recorrido sus ojos se pierden en un cuadro que podría haber ambientado la escena en los años ochenta. Las radios que habían repasado media hora antes no valían la pena: que Arjona, que Luis Miguel, que lo que más zafaba era Ricky Martin, pero esos primeros discos sonaban tan ochentosos que daban asco y volvían de la situación un momento bizarro.
Él se giró y la miró a los ojos, volvió hacia su mano para verificar cómo corría un mechón de pelo de su cara y dejar al desnudo lo poco de piel que le quedaba con pudor.
-"Una tregua" pidió él ante los ojos verdes de zafiros traficados.
-"Una verdad" le rogó él desde lo más profundo de su pecho de cartón.
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