Un día tuve que volver. El lugar era un desastre. Claramente el terremoto había batido los cimientos de lo que alguna vez fue un hogar o un refugio del arte.
¿Los motivos del flagelo? Melodías desafinadas, armonías que rompieron el silencio como el trueno divide el cielo en dos hemisferios. Tus perversas líneas paralelas, desnudas pero desafiantes, como un cúmulo de bocanadas que se ahogaban en el mar.
Yo, primera persona del singular, soy quien reclama este lugar. Con mis cincuenta nombres y mis doce mil apellidos. Soy yo quien con estas huellas corroídas de historias tristes grita desde el más oscuro silencio por recuperar su lugar. Y.
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