7 jun 2011

Hasta que las luciérnagas ardan

La noche le había ganado al día. "¿Es el final?" preguntó ella mientras su mirada subía por la mejilla de su partenaire para llegar a sus ojos. "No lo sé" respondió.

Se abrazaron tan fuerte que por un momento fueron uno. Los árboles se estremecieron y una brisa azul comenzó a danzar sobre sus ramas. Las baldosas de aquella calle de San Telmo se empezaron a aflojar y, de pronto, cientos de luciérnagas se habían congregado para transformar esa noche en amanecer.

Se abrazaron un poco más fuerte y las luciérnagas empezaron a zumbar. La luz tímida del principio del día artificial comenzó a arder con mayor esplendor. La brisa azul ahora era el mar.

"No te suelto" y esas baldosas flojas se empezaron a partir, a desintegrar para convertirse en polvo mientras el agua mojaba los pantalones de la pareja. Todo brillaba, y esos árboles estremecidos pasaron de primavera a otoño y de otoño a invierno en cuestión de segundos.

San Telmo ya no parecía ser tan santo. El abrazo se extendió y fue tan sentido que dos se volvieron uno. Los amantes dejaron de ser un plural para ser un singular, al menos por ese instante, porque la luz seguía aumentando y ardiendo.

Las luciérnagas se apoderaron de la escena y, en un último suspiro...

"No me olvides"
"Acordate"

Y después todo fue blanco.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Me parece muy triste.

May dijo...

otro suspiro se escapa y golpea contra la pantalla.

Anónimo dijo...

yo me acuerdo